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Desde la experiencia

Breve visión histórica de la reproducción desde una óptica andrológica

Autores:
José Luis Ballescà Lagarda1
, Juan Manuel Corral Molina2 1Institut Clínic de Obstetricia, Ginecologia i Neonatologia 2Institut Clínic de Nefrología i Urologia Hospital Clínic. Barcelona

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Una de las características que definen a los seres vivos es su capacidad de perpetuarse mediante la reproducción, todo ser vivo nace, crece, se reproduce y muere. El control de la reproducción humana históricamente siempre ha generado grandes inquietudes, tanto de tipo social, como religioso, ya que la posibilidad de crear vida, como decía Platón, hace que los hombres se asemejen a las divinidades.

Sin embargo en la actualidad la dificultad reproductiva está afectando de forma preocupante especialmente a las sociedades que llamamos desarrolladas, ya que se supone que un 10 % de las parejas en edad fértil y con deseo gestacional no lograrán el embarazo de forma natural, lo que genera una “enfermedad por carencia”  que afecta a más de 70 millones de parejas (Ballescá, 2017)

La reproducción puede ser asexual o sexual, en la primera un solo individuo es capaz de realizar algún tipo de partición o división, que le permite generar una copia genéticamente idéntica a él mismo. La mayoría de animales, entre los que nos encontramos los humanos, nos reproducimos sexualmente, para lo que se requiere de la existencia de dos géneros, morfológicamente diferentes y complementarios, es decir, se precisa de un dimorfismo sexual. En este tipo de reproducción cada uno de los progenitores aportará un gameto, que previamente habrá realizado una preceptiva  reducción cromosómica a su mitad, originando así unos gametos con una carga cromosómica haploide, para que mediante su posterior fusión de origen a un nuevo ser diploide.

Excepcionalmente en algunos animales puede darse ambos tipos de reproducción, en función de la situación y el momento, pero es algo bastante infrecuente e impropio de las especies más evolucionadas.

Para que la función reproductiva sexual tenga lugar con la máxima eficiencia, se precisa que los individuos alcancen un cierto grado óptimo de desarrollo armónico y de madurez, para ello es imprescindible, no tan solo la ausencia de factores nocivamente tóxicos, sino que también se requiere de una correcta y equilibrada alimentación, por lo que podemos afirmar que el hambre y el sexo constituyen dos motores imprescindibles para la supervivencia y continuidad de las especies animales.

En las especies más desarrolladas, la reproducción sexual requiere que exista un acoplamiento de dos individuos de diferente sexo, lógicamente para ello debe aparecer un estímulo despierte un interés, atracción y deseo entre ambos individuos de diferente género, el cual favorecerá su aproximación y facilitará el que finalmente se produzca la  unión o acoplamiento, con el consiguiente intercambio de gametos.  

En la especie humana, para que esto ocurra es imprescindible que exista, por parte del varón, un cierto grado de erección e induración peneana que permita el coito, no ocure así en todos los mamíferos, ya que algunos están dotados de un cartílago óseo en su pene, de variable tamaño según la especie, que recibe el nombre de báculo y que les permite realizar el coito con mayor facilidad  (Brindle y Opie, 2016).

En la mayoría de especies animales recae en la hembra la responsabilidad de despertar el deseo y atracción de los machos, lo que les va a permitir seleccionar a aquellos que aparenten un aspecto más saludable y fuerte, capaz de asegurar no tan solo la defensa y la alimentación de ambos, sino que también la de la posible descendencia que puedan  generar, por tanto son las hembras las encargadas de mejorar la especie, mientras que el macho se valdrá de diversas estrategias de cortejo, de diversas demostraciones de fuerza y de poder, para así intentar convencer, seducir y ser aceptado por el mayor número posible de hembras, por lo tanto asumirá la responsabilidad conservar la especie al máximo.

Si realizamos un breve y rápida mirada sobre la historia de nuestros antepasados, podemos observar que los humanos en la prehistoria eran nómadas, especialmente los hombres que vivían de la caza y de algunos productos naturales que les ofrecía la tierra. Estos recursos naturales con frecuencia se agotaban rápidamente, lo que les obligaba a realizar continuos desplazamientos al siguiendo las manadas de animales, en su incesante búsqueda de nuevos medios de subsistencia, especialmente el  agua y fértiles pastos, era así como lograban su principal alimento: la caza. Pero las mujeres con frecuencia embarazadas o en su condición de madres, no siempre tenían fácil seguir estos continuos movimientos, ya que les exigiría acarrear consigo a toda su indefensa descendencia, con la larga dependencia materna que tiene la especie humana hasta que los recién nacidos pueden empezar a poder subsistir de forma autónoma e independiente, lo que probablemente les restringía sus desplazamientos y les obligaba a un cierto sedentarismo

Por fortuna, para las mujeres de esa época, existen dos formas de reducir las gestaciones (Ellison, 2006), la primera es el evidente “derroche reproductivo” de la especie humana (Wilcox y cols, 1988), ya que al menos el 20 % de los embriones que inician su implantación no lograran alcanzar su objetivo y el 14 % de las gestaciones clínicas, es decir que ya han logrado implantarse, acabaran en aborto (Taylor, 1964), la mayoría de estos ocurren en las fases iníciales del embarazo (Wood, 1989)  y el segundo recurso que ayuda a evitar las frecuentes gestaciones eran las amenorreas de la lactancia, probablemente ambos mecanismos naturales persiguen favorecer un mayor espaciamiento entre dichos embarazos (Short, 1976).

El referido relativo sedentarismo de la mujer, le obligó a una cierta dependencia, para lograr obtener los alimentos para mantenerse ella y los suyos, del “cazador de turno”, generalmente a cambio de sus favores sexuales, aunque lógicamente ese intercambio sexual no se siempre se relacionaba de forma directa con la posible consecuente gestación.

Todas estas situaciones favorecían lógicamente la poligamia, que después debió mantenerse y perdurar en los inicios del sedentarismo, es decir en la época agrícola y ganadera, así en los grupos tribales la  responsabilidad individual de la paternidad era ignorada y por tanto era asumida y compartida por el grupo.

Sin duda la capacidad y disponibilidad antropológica de la mujer para copular con varios hombres, predisponía y facilitaba esta poligamia, existe la creencia de que la llamada “vocalización copulatoria”, que serían los gemidos que emiten muchas mujeres en el momento del clímax y que solo se dan entre las hembras de los primates polígamos y no entre los monógamos, tendrían el objetivo de no tan solo de estimular y excitar más al macho, sino que, también perseguirían, el llamar la atención de los vecinos, lo que les permitiría poder atraerlos y seguir copulando, la capacidad de la mujer para tener diversos orgasmos facilitaría esta conducta sexual.

Lógicamente no se relacionaba el sangrado menstrual con el coito y con la gestación, lo que favoreció que surgiera la ya mencionada cooperación entre los posibles padres, creando así ciertos vínculos entre todos ellos y con las mujeres del grupo o tribu (Pomerol Monseny, 2017).

La poligamia es una práctica aceptada aun hoy en muy diversas sociedades, especialmente las más primitivas como la de los indígenas de la selva amazónica ecuatoriana, lo que no le libra a las mujeres de una cierta marginación, ya que se les considera como una potencial fuente generadora de ciertos humores peligrosos, lo que les obliga a su aislamiento durante los periodos de riesgo de “contaminación ambiental”, es decir durante la menstruación, debiendo recurrir a rituales de purificación una vez finalizada ésta (Ochoa, 2004)

La aparición de la agricultura permitió el nacimiento de la ganadería, lo que fue favoreciendo el que se instaurase de forma paulatina y lenta el sedentarismo, lo que sin duda supondría una auténtica revolución social, que finalizará originando la formación núcleos de familias que se irían agrupando en grupos hasta formar poblados, estas modificaciones sociales generan una serie de cambios, favoreciendo la aparición de responsables o jefes de esos poblados, originando la aparición de mitos, rituales y religiones, que han condicionado y condicionan la sexualidad humana, algunos de ellos con la finalidad de reducir la población, ya que la llamada “revolución agrícola” se acompañó de un crecimiento poblacional, probablemente favorecido por la reducción del periodo de lactancia materna con la consecuente reducción de los periodos anovulatorios, parece que esta posible “explosión demográfica” pudo dificultar la convivencia en grupos y tribus próximas y generó un deterioro de las condiciones higiénicas, incrementado el riesgo de enfermedades y su fácil contagio, lo que se tradujo en un aumento de la mortalidad, que tendía a un reequilibrio poblacional.

Es difícil precisar en qué momento se empieza a relacionar el papel del varón y por tanto de su eyaculado con la reproducción, pero probablemente la ganadería y con ella la observación de la reproducción animal, supuso una gran ayuda para establecer esta relación, sin duda es por ello que mitológicamente la fertilidad humana, en todas las culturas y religiones, siempre ha estado estrechamente ligada con la tierra y con sus frutos, siendo el eyaculado una fuente de vida y el origen de gran parte de la creación, así por ejemplo en Polinesia la lluvia es el esperma que proviene del cielo y que fecunda la tierra, esta creencia, con ciertos matices y modificaciones, es propia y frecuente en muy diversas culturas.

La aparición de representaciones fálicas y de pinturas rupestres plasmando varones en erección datan de muy antiguo, remontándose a más de 10.000 años A.C., pero la primera referencia histórica conocida de una erección se encontró en un relieve de la antigua cultura egipcia, que data de unos 1600 años A.C. y que en el que puede observarse al dios Min en erección, este relieve se conserva en el Museo de Louvre.

Las mitologías griegas y romanas son muy ricas en referencias a la sexualidad, destacando el muy conocido Priapo, hijo de Dioniso y de Afrodita, dios de la fertilidad que es representado con un gran falo en erección.

Los mecanismos por los que se producía una erección eran explicados por diversas creencias, tales como que un flujo de aire lograba dilatar y endurecer el pene, esta creencia no fue compartida por Aristóteles, que la atribuía a lo que podría decirse un sistema de “poleas” que era regulado por cartílagos y tendones.

En esa época se inicia una teoría que perduraría durante un largo periodo y que sería aceptada por diversas culturas y civilizaciones, ésta considera al hombre como origen y creador de los hijos, por tanto de la especie humana, siendo la mujer una simple transportista de los hijos que ella no generaba. En todas estas creencias el hombre era la fuete de origen y transmisión de la vida,  que la depositaba en el interior de la mujer mediante su semen y así el útero sería simplemente el lugar idóneo para la implantación y desarrollo de ese ser preformado que había sido transferido mediante el eyaculado.

El semen adquiere especial relevancia, ya que no es tan solo un fluido imprescindible para generar un nuevo ser, sino que también adquirió efectos beneficiosos para la mujer, siendo considerado como un “elixir” capaz de estimular la matriz, evitando que ésta “seca e insatisfecha” pudiera hacer emigrar su sangre hacia el cerebro y provocar en dicha mujer severos problemas de obnubilación, nerviosismo y desequilibrio mental, es decir los llamado “ataques de histeria”, para lo que se hacía recomendable la práctica de sexo en las mujeres afectas de este mal. Esta velada defensa de la actividad sexual femenina fue totalmente eclipsada en la edad Media, en que la evidente influencia del cristianismo dominante en Europa y defensor a ultranza de la castidad, muy especialmente en la mujer la cual debía proteger su virginidad, se opuso radicalmente a cualquier sexualidad fuera del matrimonio, e incluso dentro de él, si solo se buscaba el placer y no la reproducción.

Son muchas las religiones que desde la antigüedad endemonizan a la mujer, a la que responsabilizan de gran parte de los males que padece la humanidad. La gran mayoría de los ajusticiados por brujería durante la inquisición fueron mujeres. La muy influyente iglesia católica defendió y pregonó que, la mujer cuanto más inculta mejor, por lo que debía evitarse su culturización y educación, evitando al máximo que pudieran acceder al aprendizaje más básico de la lectura y de la escritura, tan solo debían ocuparse de cuidar con el máximo celo su “pureza”, mantener un estricto celibato fuera del matrimonio, e incluso dentro de éste con las estrictas restricciones ya antes mencionadas.

Estas ideas socio-culturales y religiosas fueron reforzando y fortaleciendo el binomio sexo-reproducción, que solo empecerá a disociarse a mediados del siglo XX, con la aparición de de la contracepción hormonal, que permite por primera vez de forma segura y eficaz, la posibilidad de poder disfrutar del sexo sin reproducción, esta separación se culmina años más tarde, con la instauración de las técnicas de reproducción asistida, que  consiguen el logro más increíble, la reproducción sin sexo.  

En la antigüedad la infertilidad masculina era atribuida fundamentalmente a la impotencia, ya que se consideraba que cualquier varón capaz de mantener una erección y de eyacular intravaginalmente era fértil, es por ello que la erección ha sido un tema prioritario y de preocupación para un gran número de investigadores a lo largo de la historia (Arteaga, 1929). Inicialmente su tratamiento se basaba fundamentalmente en rituales, brujerías pócimas y hiervas, a los que se les atribuía efectos afrodisiacos. Pronto se observó, que al carecer los humanos de báculo la erección se regulaba por mecanismos complejos y de nada fácil control.  

La responsabilidad masculina en la reproducción no se fundamenta de forma solida, hasta que Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), comerciante holandés aficionado a las lentes de aumento, observó mediante una lupa diseñada por él mismo (Howards, 1997),  la presencia de “pequeñas serpientes de cabezas hinchadas” en los eyaculados de diversos animales (Laine, 2015). Poco tiempo después Johan Ham, estudiante de medicina, le comunica que había podido observar los primeros espermatozoides humanos, en el eyaculado de un paciente afecto de gonococia, Leeuwenhoek ya sospechó, desde ese momento, del posible muy importante papel de estos espermatozoides en la responsabilidad del varón en relación a la fecundación, conocimientos que comparte con otro destacado gran investigador holandés de su época, Reiner de Graaf (1641-1673), que a pesar de su prematura muerte los 32 años, describió los corpúsculos ováricos que llevan su nombre (Houtzager, 2000), también destacó en el campo de la andrología, ya que describió los túbulos seminíferos y los conductos deferentes.

En los avances de la microscopia merece destacarse otro investigador también holandés, Nicolaas Hartsoeker (1656-1725), que describió el espermatozoide como portador de un pequeño “homunculus” u “hombrecillo”, que solo precisaría que la mujer le aporte un “terreno” idóneo para implantarse, desarrollarse y originar un nuevo ser (Andrade-Rocha, 2017).

Lazzaro Spallanzani (1729-1799), fue un sacerdote que destacó como gran biólogo, se opuso radicalmente a las teorías, muy en boga en esa época, sobre la generación espontanea de los seres vivos, lo que le llevo a estudiar y profundizar sobre los mecanismos de la fecundación, realizando inseminaciones en perros, procedimientos que le permitieron afirmar de forma concluyente  que el semen era imprescindible para lograr una gestación.

El protagonismo directo espermático en la reproducción se lo debemos a dos investigadores, Jean Louis Prevost (1790-1850) y a Jean Baptiste Dumas (1800-1884), que evidenciaron que los espermatozoides no eran simples parásitos del eyaculado, si no que eran los responsables de la reproducción en ranas y que posiblemente se originaban en los testículos.

El descubrimiento del óvulo en el interior del los corpúsculos descritos por Graaf, se lo debemos a Karl Ernst von Baer (1792-1876), lo que sin duda supuso un muy destacado avance en los conocimientos del aporte femenino en la reproducción.

 Pocos años más tarde el embriólogo y zoólogo alemán Oskar Hertwing (1849-1922) describe la fecundación del óvulo de un erizo, así como el relevante papel del núcleo celular y de su meiosis, a fin de lograr la previa reducción cromosómica, concluyendo que para lograr la fecundación es fundamental la fusión de dos gametos (Weindling, 1980), en este punto también merecen ser destacados los estudios de Hermann Fol (1845-1892) que fue el primero que logró observar la penetración de un espermatozoide en un huevo y que consiguió describir las primeras fases de la división embrionaria.

En los estudios e investigaciones sobre la fisiología testicular destacan dos científicos, que han dado nombre a dos células funcionales del testículo, Fran von Leydig (1821-1908), que describió las células responsables de la producción androgénica testicular y Enrico Sertoli (1842-1910), que estudio las células intersticiales que tapizan los túbulos seminíferos, a las que también se les conocen como “células nodrizas”, por su relevante papel en la espermatogénesis y en los mecanismos que la regulan.

Desde que se establece la clara relación del espermatozoide con la fertilidad, se intenta referir que calidad seminal, es decir que parámetros seminales son los requeridos para lograr la gestación, las primeras publicaciones a este respecto se remontan a incios del siglo XX (W.H. Cary, 1916), pero con la finalidad de unificar dispares criterios el National Coomitee on Maternal Health, reúne a los más destacados expertos del momento en este tema, tales como J. MacLeod (Cornell University de Nueva Yoork), F.A. Simmons (Massachussets Hospital), C.W. Charny (Mt. Sinai Hospital), C. Huggins y D.F. McDonald, ambos de la Universidad de Chicago y editan en 1948 sus conclusiones, en una publicación que supuso un gran referente para los clínicos de esa época (Engle, 1948)

Desde el descubrimiento del espermatozoide y su función en la fertilidad, hay dos temas que inquietan a los investigadores: la impotencia y la calidad espermática, esta última rápidamente se relacionó con el varicocele.

Las dilataciones venosas testiculares, es decir el varicocele, ha sido una afectación que ha preocupado desde muy antiguo, tal como describen de forma magistral Rodríguez y Fredotovich (Rodríguez y Fredotovich, 2017), desde muy antiguo se relacionó el varicocele con posibles trastornos de la potencia, así Amelius Cornelius Celsius, en siglo I DC,  aconsejaba su tratamiento quirúrgico (García Navas y cols., 2004), ya que refería que su persistencia podía ocasionar una atrofia testicular: “cuando la enfermedad se ha diseminado sobre el testículo, éste se retrae más pequeño que su compañero, en la medida que su nutrición se ha hecho defectuosa”. La preocupación por esta patología se ha mantenido a lo largo de la historia (Sheynkin, 2009), llegándose a creer en la edad media, que no realizar un tratamiento adecuado del mismo podía incluso, en situaciones graves y bilaterales, llegar a ocasionar la putrefacción de los testículos (García Navas y cols., 2004).

Una de las primeras publicaciones que reporta una evidente mejoría seminal tras la varicocelectomia, lo describió en 1885 el cirujano inglés Barwell (Vidal, 1851) y Bennett en 1889 (Corral y Ballescà, 2012). Pocos años más tarde se publicó una espectacular recuperación espermática, hasta el punto de lograr la gestación de su pareja, en un paciente azoospérmico intervenido de varicocelectomia (Mamcober y Sanders, 1929). En 1945 un prestigioso cirujano brasileño, editó un libro dedicado de forma total y exclusiva al tratamiento quirúrgico del varicocele (Branco Riveiro, 1945).

En 1960 el cirujano argentino O. Ivanissevich describe una nueva técnica quirúgica para corregir el varicocele, este nuevo procedimiento se ha utilizado durante muchos año y es reconocido mundialmente por el nombre del cirujano que lo describió (Ivanissevich, 1960). Poco tiempo después un destacado andrólogo describe las alteraciones seminales atribuibles al varicocele y las que denomina “patrón de estrés testicular” (McLeod, 1965), que suponía un deterioro en el número y en la calidad espermática (Brown, 1967), más tarde se publican de nuevo, no tan solo mejorías en los parámetros seminales, sino gestaciones en las parejas de los pacientes intervenidos (Dubin y Amelar, 1977).

La impotencia o disfunción eréctil, aunque para algunos su etiología era clara y contundente, una vez más, como no, en gran parte la responsabilidad recae en la mujer, así para Hipócrates (400AC), ésta se justificaba por los problemas y preocupaciones del afectado que unidos a la ausencia de mujeres  suficientemente atractivas y disponibles, daban origen a esa imposibilidad masculina para mantener unas relaciones sexuales satisfactorias.  

En el Renacimiento aparece uno de los mayores genios universales (Wells, 2017), que fue capaz de destacar en diversas y muy variadas ramas del saber, Leonardo Da Vinci  (1452-1519), pintor, matemático, ingeniero, etc., y anatomista, que también tuvo tiempo y capacidad para ocuparse de estudiar los mecanismos de la erección, observando que durante la misma, había un claro incremento del riego sanguíneo hacia el pene, pero sin embargo atribuyó a otros mecanismos de origen hipocrático la erección, basando la producción del semen en el cerebro y concluyendo que la respiración era fundamental para la erección, lo que sin duda no deja de tener un trasfondo bastante cierto. También ya relacionó el semen con reproducción y a su vez ésta con los testículos, a los que de alguna forma responsabilizó del aumento de la agresividad y ferocidad de los animales machos, llegando a concluir que un castrado se amansaba y perdía su capacidad de fecundar (Noble y cols., 2014). Se podría afirmar que este sabio escribió uno de los primeros libros de andrología, que tituló “Della vergha”, en que trata de describir los mecanismos independientes de la voluntad que controlan la erección, afirmado que el pene “se halla relacionado con el entendimiento, sin embargo en ocasiones posee un entendimiento propio. Así a veces se muestra reacio y trata de salirse con la suya, a pesar de que la voluntad del hombre es excitarlo; y otras veces se excita por sí mismo, sin permiso del hombre, ya este éste despierto o dormido, y hace lo que quiere….., parece como si tuviera sentimientos propios y un entendimiento independiente y creo que es no es justo el avergonzarse de nombrarlo y no digamos de exhibirlo……, tendríamos que adornarlo y mostrarlo  de forma solemne como un gran ayudante o colaborador”.  

Los recursos terapéuticos para corregir la disfunción eréctil, han sido muy variados así, el neurólogo Charles E. Brown-Séquard (1817-1894), tuvo la ocurrencia de inyectar semen y extractos de testículo a sus pacientes, con la finalidad de mejorar la astenia y potencia sexual, esta terapia decía que lograba excelentes resultados, hasta tal punto, que él mismo se auto-administró este tratamiento, refiriendo grandes mejorías tanto en su estado físico como psíquico (Schultheiss y cols, 1997). Pocos años después propuso tratamientos similares G. Frank Lydston (1858-1951), que también publicó sus exitosos resultados en el tratamiento de la impotencia mediante la ligadura de la vena dorsal del pene.

En esa misma época de a finales del siglo XIX, surge un movimiento “moralizador” que promueve erradicar la masturbación, recurriendo a realizar auténticas cruzadas, que alcanzan hasta extremos impensables hoy, tales como, realizar amputaciones de clítoris en mujeres sospechosas de masturbarse. Crear brigadas moralistas anti masturbadoras, llegando a ingeniar y diseñar complejos e ingeniosos artilugios a fin de evitar posibles erecciones y poluciones nocturnas, lo que así evitaría el cansancio y tristeza de los jóvenes “enfermos”. En esos años, no se dudó en recurrir a la cirugía con la finalidad de evitar el hábito compulsivo de la masturbación, así se realizaban vasectomías en estos “enfermos”, ya que se creía que éstas ayudaban a refrenar su deseo sexual.

Inicialmente la vasectomía como sistema contraceptivo se utilizaba en pacientes con deficiencias mentales y en violadores, un pionero en la aplicación de este recurso fue Harry Sharp en 1889, que lo utilizaba en varones ingresados en el Indiana Reformatory. Pronto este procedimiento se difundió como sistema de esterilización, e incluso se ampliaron sus indicaciones llegándose a aplicar, en algunos pacientes, con finalidades rejuvenecedoras, aunque afortunadamente esta absurda indicación fue rápidamente abandonada.

El objetivo de retrasar el lógico envejecimiento siempre ha movido importantes intereses, así la publicación de los efectos “milagrosos” que se lograban con los extractos testiculares animaron, a algunos cirujanos de a principio del siglo XX, a la realización de trasplantes testiculares, destacando en ésta área Leo Stanley, que ejerció de médico de la prisión de San Quintín durante más de cuarenta años, lo que le permitió realizar todo tipo de “investigaciones” de más que dudosa ética con su presidiarios, lo que le permitió disponer de más de seiscientos “donantes voluntarios” de testículos, que trasplantaba a otros hombres e incluso a algunas mujeres, con ello reporta curas increíbles de muy diversas y dispares patologías, ya sean de etiologías dermatológicas, oftalmológicas, endocrinas, etc.

Como es lógico, tras la instauración de la vasectomía, pronto surgió la necesidad de re-permeabilizar los deferentes en pacientes vasectomizados así, en 1919 William C. Quinby, publicó la primera vasovasostomía exitosa, procedimiento quirúrgico que se prodigó hasta que Sherman Silver y Earl Owen en 1977 aplicaron con éxito sistemas de magnificación mediante el microscopio quirúrgico. Todos estos procedimientos en la actualidad han quedado muy desplazados, aunque sin duda siguen teniendo sus indiscutibles indicaciones, con la aparición de las técnicas de recuperación espermática testicular (TESE) y su micoroinyección en el ovocito (ICSI) (Schoysman y Daniore, 1991).

La auténtica revolución en el tratamiento médico de la disfunción eréctil se inicia cuando en cirujano cardiovascular Ronald Virag publica, en 1982, que la administración  intrapeneana de papaverina en un paciente afecto de impotencia le provocó una erección prolongada, este observación abrió nuevos horizontes en el estudio de esta patología (Virag, 2005), hasta el extremo que cuando se empieza a testar el sildenafilo con estas indicaciones, se le consultó al experto Dr. Virag para que asesorara al respecto, de ahí que se relacione el nombre comercial del producto con el del célebre cirujano francés.

Es evidente que el papel del varón y de su gameto, ha ido oscilando a lo largo de la historia, así en la segunda mitad del pasado siglo XX, el espermatozoide pierde gran parte su protagonismo y se minimiza su función en la génesis e implantación del futuro ser (Ballescà y cols, 2019), quedando relegado a una función de simple transportista del aporte genómico paterno (Oliva y Ballescà, 2012).

La búsqueda de remedios contra la infertilidad viene desde la antigüedad, pero el reconocimiento de ésta como una enfermedad por carencia, así como el estudio diagnóstico estructurado de la pareja, que permita el posible empleo de tratamientos basados en conocimientos científicos, es relativamente reciente, ya que prácticamente se remonta a inicios del siglo XX y lo hace de la mano de la ginecología, ya que históricamente es la mujer la que asume la responsabilidad de engendrar y suele sufrir con más ansiedad al no conseguirlo, pero ya en 1904 el Dr. W.D. Haggart publicaba: “en las parejas estériles entre el 30 y el 50 %, presentan deficiencias masculinas, no corresponde pues, inculpar a la esposa hasta que en el examen microscópico del semen de su compañero, se haya establecido la presencia de vivientes y saludables espermatozoides”, la duda surge que se entiende por “viviente y saludables”.

En este punto debe establecerse que parámetros seminales son los requeridos para lograr la gestación, con este objetivo pronto se publican algunos estudios (W.H. Cary, 1916), pero con la científica finalidad de unificar muy dispares criterios, el “National Coomitee on Maternal Health”, reúne a los más destacados expertos del momento en este tema, tales como J. MacLeod (Cornell University de Nueva Yoork), F.A. Simmons (Massachussets Hospital), C.W. Charny (Mt. Sinai Hospital), C. Huggins y D.F. McDonald, ambos de la Universidad de Chigago y editan en 1948 sus conclusiones, en una publicación que supuso un gran referente para los clínicos de esa época (Engle, 1948).

Así a mediados del pasado siglo XX comienzan a publicarse, en diversas revistas científicas de reciente aparición, numerosos estudios sobre la fertilidad del varón, siendo una pionera “Fertility and Sterility”, creada en 1950, publicación que coincide en el tiempo con la creación de la American Society for the Study of Sterility y la “International Fertility Association”, ambas sociedades auspician  en 1953 tiene lugar  la celebración del “47ª Congreso de la Sociedad Francesa de Urología”, en el que la esterilidad masculina tiene un destacado protagonismo. Dos años más tarde tiene lugar el “First World Congress on Fertility and Sterility”, que se celebró  en Nueva York y en el que los problemas de la fertilidad masculina ocuparon numerosas sesiones. En 1958 se organizó en París un coloquio sobre la función espermatogénica. En 1961 en Gant se celebró un encuentro para tratar la fisiología del espermatozoide. En 1966 tuvo lugar en Estocolomo el “5º Congreso Mundial sobre Fertilidad y Esterilidad”, en el que un 30 % de las comunicaciones se relacionaban con el factor masculino. En 1968 en Madrid y al año siguiente en Barcelona, se celebraron el Primer y el Segundo “Coloquio Internacional sobre Gonadotrofinas Humanas (Pomerol Serra, 1995).

Los cambios en la visión de la medicina reproductiva que se estaban produciendo a mediados del pasado siglo coincidieron con notables cambios sociales y una nueva visión en la forma entender e interpretar la sexualidad, intentando romper férreos y tradicionales moldes socio-religiosos, en este terreno deben destacarse los estudios publicados por Kinsey y Master y Johnson, que ayudaron a desmitificar determinados valores culturales que hasta entonces aparecían como referentes inamovibles.

No hay duda que todos estos importantes eventos fueron decisivos para proporcionar una nueva visión de la esterilidad y de la sexualidad humana, especialmente desde el prisma de la fertilidad del varón, favoreciendo la “gestación y el nacimiento” de una nueva subespecialidad médica, la andrología.

España siempre ha ocupado y ocupa un lugar muy destacado en el campo de la fertilidad humana (Laín Entralgo, 1963), en este contexto merece destacarse a un auténtico pionero en esta área, el ginecólogo José Botella Llusiá (1912-2002) (Botella Llusiá, 1946), que realizó diversas publicaciones sobre la función espermática y su interacción con el moco cervical (Botella Llusiá y Fernández de Molina, 1998), también realizó numerosos estudios sobre la dinámica espermática y llegó a proponer un “índice de la fertilidad del varón”(Pomerol Serra, 1993), se intereso tanto por la fertilidad del varón que integró en su equipo a un urólogo, el Dr. Álvarez Ribas. En 1953 fundó la “Sociedad Española para el Estudio de la Esterilidad”, en la que en su primera reunión otro destacado colaborador de su equipo, el Dr. José A. Clavero Núñez, presentó una brillante ponencia sobre la fertilidad del varón, en lo que se podría considerar como los albores de la andrología (Botella Llusiá y Clavero, 1993), (Botella Llusiá, 1999). Esta sociedad sería el embrión que más tarde se transformaría en la hoy muy merecidamente prestigiosa Sociedad Española de Fertilidad (SEF).

Desde el campo de la urología destacó el Dr. Ignacio Orsola Martí, que realizó numerosos estudios sobre la fertilidad del varón, lo que le mereció una ponencia, “Revalorización del concepto sobre azoospermia”, en el III Curso Internacional de Urología que organizó el Prof. S. Gil Vernet y que se celebró en Barcelona en mayo de 1962, bajo la dirección de su hijo el Dr. J.M. Gil-Vernet. La dedicación y los esfuerzos del Dr. Orsola Martí fueron merecidamente reconocidos en el año 1966 con la designación como Presidente de Honor del 5º Congreso Mundial de Esterilidad y Fertilidad.

En la historia de la andrología mundial mer


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Referencias bibliográficas:

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